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A los que no leen libros y mucho menos columnas de opinión escritas por mujeres, no importa cuánto nos quejemos, gracias a ellos, este texto seguirá vigente quién sabe cuántos años.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
A los que no compran libros escritos por mujeres. A los que no son capaces de mencionar el nombre de al menos cinco autoras. A los que no han leído ni cinco autoras. A lo que no se apuntan a un club de lectura porque ese es plan de mujeres. A los que no toman talleres de escritura dictados por mujeres. A los que atacan autoras sin haberse tomado el trabajo de leerlas. A los que hacen fila en la firma de libros de una escritora y, lo primero que hacen al llegar a la mesa, es aclarar que el libro no es para ellos, sino para su novia o su mamá. A los que dejan malas reseñas de libros escritos por mujeres que claramente no leyeron. A los que creen que si una mujer vende muchos libros es porque tiene rosca o porque es bonita o porque es famosa o porque quién sabe a quién se lo dio o porque tuvo suerte, o porque es privilegiada o porque está de «moda» publicar mujeres.
A los que no se han dado cuenta de que la industria editorial la sostienen las mujeres: somos las que más compramos libros, las que más reseñanos, las que más recomendamos, las que más promovemos la lectura, las que más vamos a eventos, las que más regalamos libros, las que más inventamos planes, clubes, talleres, foros y mil cosas más con tal de ver a la gente leyendo. A los que ignoran que el trabajo de edición lo hacen en su mayoría mujeres. A los que les gusta alguna autora y la felicitan solamente en privado para que nadie se de cuenta. A los que no conciben que una mujer pueda tener éxito como escritora y ganar dinero. A los que creen que el talento de una mujer es inversamente proporcional a la cantidad de libros que venda. A los que sólo leen libros sobre el imperio romano o sobre la segunda guerra mundial porque los temas domésticos y sentimentales les parecen menores e irrelevantes.
A los que todavía hablan de «literatura femenina» con la condescendencia de quien le da un espacio a las mujeres para que hablen de sus «cositas» mientras los hombres escriben la «verdadera» literatura. A los que solo leen mujeres cuya obra esté validada por algún premio porque son incapaces de confiar en su propio criterio. A los que no van a los lanzamientos de libros escritos por mujeres. Y si van es para aprovechar la ronda de preguntas y «descrestar» al auditorio con la vastedad de sus conocimientos. A los que justifican que no leen mujeres porque no «conectan» con las voces femeninas. ¿En qué mundo vivirán? ¿En uno sin mujeres?
A los que tildan la autobiografía o la autoficción como diario íntimo o chisme cuando es escrita por mujeres porque, claro, si la escriben hombres es una exploración profunda del ego, la psique y la condición humana. A los que siguen prescindiendo de mujeres en actos inaugurales de ferias literarias. A los que no leen libros y mucho menos columnas de opinión escritas por mujeres, no importa cuánto nos quejemos, gracias a ellos, este texto seguirá vigente quién sabe cuántos años.
Sí, ya sé que no son todos, pero casi todos.
Tengo muchas pruebas y pocas dudas.