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La campaña de Paloma Valencia necesita ya un General

Las guerras las ganan los ejércitos que obedecen, no los que debaten. Y las campañas presidenciales, en el fondo, son eso: una guerra. El candidato es la bandera. Pero el general es el que decide si esa bandera llega o no al otro lado.

hace 21 horas
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  • La campaña de Paloma Valencia necesita ya un General

Por Diego Santos - @diegoasantos

El éxito de una campaña presidencial depende de muchos factores, pero hay dos que sobresalen por encima del resto: liderazgo y disciplina. Y aquí viene la primera trampa en la que cae casi todo el mundo: pensar que el liderazgo viene del candidato, del tipo que se está jugando el pellejo todos los días en la calle, en los auditorios, en las redes sociales, dando la cara ante las cámaras. No. Ese es el rostro. El liderazgo real viene de otro lado.

Hay una persona detrás de cámaras que manda de verdad. La que tira línea. La que ordena. La que dice de qué se habla y de qué no se habla. La que decide qué pelea se da y cuál se ignora. Esa persona, además, marca y supervisa la disciplina del equipo. Se hace lo que esa persona diga. Punto. No hay debate, no hay intercambio de ideas, no hay democracia interna. Es Dios. Y lo es por una razón muy simple: porque una campaña presidencial no es una asamblea universitaria. Es un ejército que marcha al campo de batalla.

Revisen todas las campañas que han ganado. El factor común no es el candidato más carismático ni el programa más elaborado. Es el general que comandó todo desde la sombra. Puede ser el estratega, el gerente de campaña o el mejor amigo del candidato de toda la vida. El cargo no importa. Lo que importa es que hay una sola voz y una sola línea. El que no está de acuerdo se va. Sin drama, sin negociación.

Los ejemplos sobran. James Carville fue esa figura para Bill Clinton en 1992. Mientras el mundo se distraía con los escándalos del candidato, Carville repetía como un mantra en la guerra room: “It’s the economy, stupid.” Una línea. Un mensaje. Disciplina de hierro. Clinton ganó. Steve Bannon cumplió ese rol en la primera campaña de Donald Trump en 2016, para bien o para mal. Cuando Trump se salía del libreto, había consecuencias. Cuando el equipo perdía el foco, alguien ponía orden. En Brasil, Lula tenía a Gleisi Hoffmann y a un círculo cerrado que blindó la campaña de 2022 contra el ruido interno y externo. En Colombia, Luigi Echeverri era Dios en la campaña de Iván Duque. Punto.

El problema de muchas campañas que pierden no es el candidato. Es el caos. Es la campaña donde cada quien hace lo que quiere, donde el estratega opina una cosa, el financiador otra y el círculo cercano del candidato otra distinta. Donde se quiere complacer a todo el mundo y al final no se le habla a nadie. Esas campañas se sienten desde afuera: mensajes contradictorios, timing desastroso, crisis mal manejadas.

No es ideología. Es sentido común. Las guerras las ganan los ejércitos que obedecen, no los que debaten. Y las campañas presidenciales, en el fondo, son exactamente eso: una guerra. El candidato es la bandera. Pero el general es el que decide si esa bandera llega o no al otro lado.

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